
Tras la comida (almorzamos en el Fresco, cada vez este viaje me recordaba más al que hice hace dos años. En el fondo fue muy distinto pero había cosas que nos daba nostalgia a mi ángel y a mi) conocimos a Sebastían, nuestro chóver particular que nos llevó a Saint Celoni, nuestra primera parada. Al llegar, sin palabras. El teatro tenía 500 localidades y ante nuestra vista se presentaba enorme. Un lujazo y un honor actuar allí y, por supuesto, mucho respeto. En seguida nos avisaron de que no iba a ir mucha gente pero daba igual, por pocos que fuesen se merecían el máximo respeto como público. Después de probar las luces, el sonido, hacer un ensayo general en tan tremendo espacio y visitar los camerinos (cada vez nos sentíamos más profesionales aunque siguiesemos pareciendo niños chicos en Wall Disney) me tendí en el sofá y los focos empezaron a alumbrarme. La diva al dente se había hecho realidad y Lolita daba los primeros pasos en el escenario. "¿Qué pasa, Paco? ¿Has pasado la noche aqui?", son las primeras palabras que se escucharon encima del escenario del teatro municipal de Saint Celoni.
Al acabar la función, enhorabuenas y reproches porque la obra había sido demasiado corta y porque no se habían dado cuenta de que ya había terminado (al final de la obra nadie aplaudía y tuvimos que aplaudir nosotros, que momento!!!), pero, en definitiva, gustó y eso es lo importante. La gente salió contenta y aunque al final no habían llegado a sumar 100 localidades, nosotros también salimos más o menos orgullosos de nuestro trabajo; hubo errores pero casi inapreciables.
Al día siguiente nos esperaban otras dos funciones y ahí deberíamos solucionar los errores del final y los que habíamos cometido durante la obra. A la cama y a dormir.